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Prosa – Mataco Hombre – Folclore, mitos y leyendas

El desvelador silencio de los recuerdos no muertos, lo habían secado. Es que el árido clima como el espíritu del mataco, quemaban hasta en la sombra.
Años viéndolo sentado en el suelo de la estación de piernas cruzadas y ojos cerrados. Días enteros en una inmovilidad absoluta. Pertenecía al paisaje agreste, como un matiz de ocre más.
Frente a él, las vías muertas del tren se oxidaban lentas. Los pueblerinos, tal vez por piedad, dejaban agua y comida para que no muriese, si es que los fantasmas mueren. Nadie y fueron todos, pudo sacarlo de aquel lugar. Así ocurrió durante años.
Aún sin creerlo, cierto inesperado día, lo vieron de rodillas. El comentario corrió en murmullo por el pueblo…cuando llegaron ya estaba de pie. Esta vez se acercaron todos, una muchedumbre silenciosa sentada del otro lado de las vías. Vieron que sus piernas no temblaban, aferradas a la tierra semejaban dos árboles milenarios. Él ya había juntado un montículo de piedras. La gente seguía esperando, debían saber qué, pues el silencio era ofrecido en respeto.
El hombre tomó piedra por piedra sin mirarlos, y las tiró marcando su territorio. Dibujó un círculo, en el centro las vías y él. Buscó sin prisa una lanza que el pueblo nunca había visto y comenzó a pelear con el fantasma que rueda. Lo hacía como un puma. Los golpes grises morían en un chispazo amarillo, y cientos de lanzazos al vacío cortaban solamente el viento. Recorrió el círculo, hacia el norte y hacia el sur., sin poder matar al fantasma que rueda. Pedazos de óxido fueron las únicas heridas que produjo.
Y fue entonces cuando la gente parió un duelo por el mataco, agonizante hombre, de cara al suelo, y con los ojos abiertos en sal.
Matacos: indígenas de la República Argentina.
María Graciela Buroni

Ilustración: Abel Barragán

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