Prosa – La Cita – Cuentos
por Juan Carlos Decoud
A las seis de la tarde cada suburbio de Villa Jardín gana y pierde en color, aroma y movimiento. El sol impone su tinte a la tierra sedienta por el ardor del verano paraguayo. Algunas señoras rocían la calle con agua -usando mangueras, regaderas o cubetas- para contener el polvo que invade todos los rincones de las habitaciones. En especial doña Clara; una mujer de sesenta años que vive en el mismo lugar desde hace cincuenta y que ahora sufre la construcción de la capa de asfalto sobre la ruta que pasa frente a su vivienda (proceso que apenas se encuentra en estado de terraplén). Otras mujeres reposan distendidas en las perezosas desplegadas en la vereda mientras toman tereré o algún licuado. Los obreros que abandonan las fábricas y los estudiantes que salen del colegio compensan el vacío dejado por las mercaderas, carboneros y carreros. Los niños tratan de robarle unos minutos a la noche y apuran la corrida –pelota en mano- hacia la canchita.
De un tumulto de colegialas con uniforme de escuela religiosa emerge la figura de Carla: morena, ojos marrones, cabello negro y lacio, rostro delgado, nariz pequeña y afilada; aunque, a distancia, toda virtud estética se pierde en el ondulado sublime de ese cuerpo de curvas; una cóncava y otra convexa, formadas por la cintura y las caderas de la adolescente que sugestiona la mirada disimulada de los adultos del vecindario. Risas, gritos y saltos de Carla y sus cuatro acompañantes uniformadas delatan sus trece o catorce años apenas cumplidos.
Las cinco chicas eluden unos tubos de cemento apilados al costado de la calle. Se detienen. La mayoría trata de acomodarse sobre los tubos pero Carla se aparta del grupo y entra a la casa donde vive con su abuela desde que su madre la dejó, 13 años antes, para viajar a Buenos Aires.
- Hola Tata. Saluda con voz chillona mientras arroja su mochila de corderoy sobre un sillón de mimbre y se reintegra al grupo de compañeras.
- Hola nena. Responde doña Clara mientras enrolla la manguera con la que acaba de mojar la calle.
Doña Clara ostenta un aspecto maduro y obeso. Su rostro, dorado por el sol, contrasta con el pelo rubio y los ojos verdes. Enormes gotas de sudor le brotan del rostro y la frente como efecto combinado del calor y la gordura. Sobre su pasado carga una acusación indeleble: Más de una vecina afirma que indujo a dos criadas a “encuentros” con señores del barrio por dinero. Sin embargo, entre el silencio y la rutina, el lapidario murmullo barrial no altera la prudente vida de la abuela.
Carla y sus amigas charlan, ríen, juegan al Tutti fruti sin dejarse intimidar por la noche que cayó, sigilosamente, hace una hora. Al rato se unen al grupo los tres vecinos Ruiz; dos hermanos y un primo que, a pesar de haber llegado del colegio dos horas antes, aún llevan los uniformes del instituto público al que van cada tarde. Media hora después la reunión se desintegra, los jóvenes se separan corriendo, haciendo bromas y gritando. Reviven un ritual travieso y barullento, pero inocente. Una ceremonia escueta, pero puntual y cotidiana.
Una vez sola, Carla entra a la casa, se mira el espejo y cambia de expresión. Como si la tarde candor cediera ante la noche de rutinas adultas e insensatas. Se sumerge bajo la ducha y evita pensar. Examina el jabón, la temperatura del agua, permanece unos minutos quieta en un vano intento por contar cada gota que la embebe. De pronto reacciona. Cierra el paso de agua, toma la toalla y, sin secar su piel, se cubre con ella desde el pecho hasta la pelvis. Descorre una cortina plástica que hace de puerta y camina por el pasillo amurallado con guayabos que une, bajo la intemperie, el baño con la cocina ubicada en la parte trasera de la vivienda. Se desploma en la cama. Permanece tendida y desnuda esperando que una leve brisa que ingresa por la ventana le escurra la humedad del cuerpo. Pasan varios minutos hasta que incorpora el torso y se envuelve, otra vez, con la toalla. Duda de nuevo un instante. Toma una ropa interior, una minifalda anaranjada y una pequeña blusa azul dispuestas sobre la mesa de luz; como si estuvieran preparadas para ser usadas en ese mismo momento. Se viste veloz y camina. Pasea descalza por la habitación de 5 por 4 dividida por un rotoso biombo que separa su parte de la de su abuela. Busca coloretes, trata de decidir entre dos sandalias: la roja o la azul; la azul, piensa, “va con la blusa”. Se retira unos agogós que le sostienen el pelo formando dos colitas y se lo suelta estirando y desenredándolo con la yema de los dedos. Sale a la vereda que está casi un metro y medio bajo el nivel de la calle después de la construcción de la base previa al asfalto. Apoya los codos en el muro de piedra construido para evitar algún desmoronamiento y observa al frente dando la espalda hacia la casa adobada con barro que va perdiendo su pintura rosa. Dirige la mirada al otro lado de la ruta y vuelve a entrar, introduce un casete de Luis Miguel en un viejo grabador y se acuesta en el sofá de la pieza de dos metros por tres que hace de sala. De la habitación en la que en ese instante duerme su abuela la separan una delgada capa de adobe y una cortina de franela con margaritas estampadas sostenidas por una goma elástica en la abertura.
Ahora lo espera como un encuentro habitual mientras la invaden los recuerdos de aquellas primeras ocasiones en que la abuela la dejaba a solas con él, a esa misma hora. Fue hace unos meses. Poco después comprendió, después de los regalos que él traía para la abuela…
La fama del rutero en Villa Jardín no es la más grata, especialmente para las madres y padres de mujeres adolescentes. Así, aún hoy, las comadronas del lugar advierten: “un rutero sólo deja una niña embarazada y una criatura sin padre”. Por eso, las familias con hijas añoran el día en que la caterva de obreros, llegada hace un año para la construcción del pavimento de la ruta, termine su faena y abandone el lugar.
Parte de la legión es Ricardo, quien acaba de llegar de la pensión donde diariamente la mayoría de los operarios de las máquinas de la empresa de construcciones va a comer al medio día y a asearse y cenar al anochecer. Es el objeto de aversión de casi toda la gente del lugar; tal vez por su porte y andar siempre erguido, quizás se deba a su vestimenta que, en momentos de ocio, lo transforma de obrero en galán, o puede que se deba, simplemente, a su aspecto rubio, sus ojos azules y su físico estilizado que lo diferencian tanto de sus compañeros de jornada como de los oriundos del barrio.
Para algunos vecinos es “el rutero”; para otros, “bota” y, para el resto, un “arribeño fanfarrón”. Cada apelativo remite a un estigma descriptivo –o valorativo- elaborado por la sabiduría rústica de los nativos de la avenida Molas del barrio San Jorge. Ricardo es el encargado del vibro de la compañía construtora del pavimento de la ruta cuatro que une Villa Jardín con el Pueblo de San Juan. Él afirma provenir de una familia “pudiente” de la capital y que optó por este trabajo para buscar aventuras en el interior del país.
Recién aseado y saciado de cerveza, Ricardo deja pasar el tiempo; viste sombrero y botas tejanas, una camisa lila con bordados dorados en la gorguera, las mangas y el pecho; la lleva desabotonada hasta el vientre. El pantalón lo confunde con un infante en campaña selvática: verde olivo, ancho en los muslos y angosto en los tobillos; con bolsillos atrás, adelante, a la altura de las rodillas, de las ancas y de las caderas. El ruido de sus botas hace temblar el piso de madera del segundo nivel del depósito que sirve de albergue a la cuadrilla de la ruta. Toma un frasco de perfume paco rabanne con dosificador a aerosol. Se lo aplica en el pecho mientras observa hacia la calle por un tragaluz desde lo alto del campamento. La ve salir, justo ahí, en el momento en que ella exhibe su trazo efebo violentado por el maquillaje. Él suspira, cierra el tragaluz, voltea la cabeza y se observa en el espejo. El vidrio está surcado por líneas irregulares, pero concéntricas, dibujadas por caídas y golpes; en más de una ocasión epílogos de borracheras. Toma el sombrero con la mano derecha. Duda. Se lo retira y lo apoya en un pedazo de tronco de mangal barnizado que le sirve de mesa de luz; después de todo, ella ya sabe de la prematura caída del pelo que hace dudar de sus 28 años. Gira abruptamente y busca la escalera. El depósito se vuelve una orquesta atonal de pasos, golpes, crujidos a los que se agrega, de manera arrítmica, la percusión metálica del viento que golpea las chapas del techo. Duda. Tal vez no sólo sobre el sombrero, sino sobre ella, los regalos a la abuela (dulces de maní, de guayaba, de melón; vinos –tinto y blanco-, hojas secas de tabaco, yerba mate y más). Los regalos que lo volvieron aliado de la abuela.
Luego de una veintena de pasos desiguales -productos de su vacilación, pero también de la desmesura caótica de los escalones- llega a la planta baja. Gira el tenedor que hace de picaporte en una plancha astillada de madera blanda, la abre. Enfrenta la intemperie. Mientras camina observa la puerta entreabierta de la casa de enfrente, hasta que se sorprende con la tranquera –último obstáculo para salir a la calle-. Cruza la avenida terraplenada mirando a los costados y apresurando el paso. Vuelve a sorprenderse sobre el muro de contención construido para evitar desmoronamientos sobre la vereda de la casa. Llega con un salto hasta la puerta violentamente abierta por alguien desde adentro. Desaparece tras la puerta violentamente cerrada por él.
Ambos se ocultan tras la oscuridad matizada por la luz mortecina sobre el umbral de la casucha rosa desteñida. Se internan en un encuentro prohibido y rutinario, providencial y penado.
El calor vespertino sede cíclica y gradualmente ante alguna tímida brisa nocturna mientras el barrio duerme su sueño fúnebre e indiferente.
Fecha de creación : 06/27/2008 @ 03:21













