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Prosa – Flamenco – Juan Carlos Decoud

Prosa – Flamenco – Juan Carlos Decoud

Piélagos de rosas cubrían el parque de la universidad. Liz Marlotte contemplaba supina las nubes que efímeramente esbozaban formas -poco o muy- reconocibles. Ráfagas de silencio la inducían a hurgar en el cielo la tensión figura-fondo. Búsqueda razonable tras la clase de psicología de la percepción concluida minutos antes. Era su costumbre permanecer tendida en alguna majada con la mirada al cielo. Era su pausa. Era ella bajo el mar celeste que la contemplaba, inverso, desde lo alto. Su pausa en la luenga caminata entre la facultad y el vetusto Mesón. Una búsqueda catártica en su ya sosegado porte. Cada parpadeo accionaba una mediación entre su yo y el inmenso cosmos. Una exploración dialéctica cuya síntesis era su propio rostro. En efecto, su semblante evocaba la presencia de lo infinito y lo íntimo, su mirada irradiaba el orgullo de su ser y la apertura de su alma. Una tensión existencial: desprejuiciada ante lo extraño y extrañada ante lo propio.
Aquella pose podía medirse en minutos u horas sin razones evidentes para su duración. Hasta que en un sobresalto cruzaba las piernas y, sin otro apoyo, se encumbraba y reemprendía la caminata rumbo al Mesón universitario, aquel santuario de la identidad estudiantil donde pululaban ideologías ubérrimas en adeptos. La década del ’60 conocía su epílogo. Liz trasuntaba el tiempo leyendo a Simone de Beauvoir. En sus conversaciones decía que si todas las mujeres leyeran El segundo sexo,la cultura patriarcal hispana tendría su cuestionamiento final. También el nombre Rosa Luxemburgo era frecuentemente pronunciado por aquellas bocas juveniles y con recurrencia creciente sonaba el apodo de un argentino recientemente ejecutado en Bolivia. De manera fragmentaria aparecían páginas de un “diario de campaña” donde se auguraban posibles guerrillas en América Latina. La “revolución” se presentía a la vuelta de la esquina. Aquel sustantivo que motivara asambleas de semanas enteras, debates encendidos y discursos briosos. Aquel sustantivo nunca verbalizado. Después de todo, nada resulta más lejano que aquello inacabadamente reflexionado. Nada imposible como lo ampulosamente discutido. El discurso revolucionario nunca abandonó la zona de la discursividad.
Más que bar, el Mesón era un ritual. Sólo las lámparas colgantes –a centímetros de las sienes- contrastaban el ambiente atiborrado de humo. Para algunos resultaba hipnótico el cono plomizo de humareda entre las farolas y las mesas. El aroma combinado de café y tabaco dopaba la visión y el olfato. Con un volumen más estridente de lo acostumbrado sonaban los Bluesbreakers. En las mesas más recónditas las parejas adormiladas trenzaban sus labios y badajos; en algunas mesillas con tableros pintados al barniz los ajedrecistas calculaban sus jugadas, impasibles ante los fisgones de los lugares vecinos. Los demás vociferaban en grupos de tres, cuatro, cinco y más personas. No faltaban los lectores solitarios. Sin embargo, aun con las diversas opciones, el Mesón era una comunidad; casi una fraternidad. Cada rostro era conocido y cada gesto previsto. Los sitios eran respetados como propios. No era necesario conocer los nombres ya que cada fisonomía y atuendo estaban perfectamente registrados en la memoria colectiva de la clientela. Los apodos eran preferidos a las denominaciones legales.
Durante unos meses se hizo frecuente la presencia de dos sujetos, de entre 35 y 40 años, que llegaban al lugar cada martes y viernes vestidos con traje oscuro y corbata con doble nudo. No conversaban. Uno de ellos pedía un capuchino y el otro un café doble. Sobre todo los viernes, el que parecía menor también ordenaba cerveza, la bebía con único y gran sorbo y dejaba el balón siempre a medio acabar. Llamaba la atención el bigote alunarado del centro hacia la izquierda que adquiría un brillo húmedo luego de la libación. El otro individuo leía las páginas deportivas del Mercurio, luego de media hora caminaba hasta la barra desde donde hacía una llamada telefónica, tras colgar el tubo iba al baño, en pocos minutos volvía a la mesa donde depositaba el pago de la cuenta. El de la cerveza doblaba un billete de dólar, lo colocaba bajo el cenicero y, con sincronización casi perfecta, ambos abandonaban el lugar.
La mayoría de los parroquianos del Mesón se detenía a conversar con Liz Marlotte. Ella abandonaba su absorta lectura y se enfrascaba en la charla. Uno de sus compañeros de clase, conocido como el “Gordo” París, acostumbraba sentarse a su lado para devorarse tres hamburguesas. Era reputado por sus chistes obscenos y su facundia. Liz carcajeaba con cada comentario de su obeso camarada quien mantenía la dicción aún con la boca henchida de comida. Terminado el banquete, el “Gordo” se asomaba a la barra y bebía cuatro cervezas desde la botella. No permitía que las vacías fueran retiradas por temor a perder la cuenta.
Con menor frecuencia aparecía La Rubia Jazmín. Su nombre real era María, sin embargo, todos la llamaban con el mote que hacía alusión al teñido del cabello y a la flor que siempre llevaba en él. La Rubia era una de las mayores confidentes de Liz. Ésta le confesaba frecuentemente su sueño de internarse en alguna isla de las antillas para vivir rodeada de flamencos.
Casi todos sabían de la afición de Liz Marlotte por las aves. Quienes conocían su intimidad, como La Rubia Jazmín, comentarían después que la habitación que alquilaba en la pensión estudiantil se encontraba empapelada desde el zócalo hasta el cielo raso con afiches de aves. Sus preferidas eran las garzas y los flamencos. Este apego y la longitud de sus piernas inspiraron para ella el alias “Flamenca”.
El apodo era la regla en el Mesón. Connotaba familiaridad y aprobación. El nombre oficial se camuflaba en aquella interpelación lacónica, descriptiva e informal. Así como la revolución acechaba las conversaciones y el ambiente como un fantasma, el golpe de estado preventivo también insinuaba su amenaza periódicamente. En consecuencia, era conveniente disfrazar toda identidad, sobre todo cuando alguien asumía evidentemente alguno de los bandos. Tanto los amigos como los enemigos tenían su apodo. Era el caso del comisario Recalde, más conocido como “El Búho”, jefe de la comisaría sexta. Su domicilio lindaba con el Mesón. El sobrenombre refería a los ojos prominentes y su hostilidad declarada contra el lugar que sufriera decenas de clausuras por “la frecuente alteración del orden público y la moral”, según las notificaciones dictadas por el mismo comisario.
Eran escasos los clientes del Mesón que no recibieran un apodo. Sólo aquellos que por su futilidad ni siquiera se hacían acreedores de una vejación. También existían quienes por su presencia efímera no daban tiempo a la elaboración colectiva que requería bautismo semejante. Como los sujetos de los martes y viernes, avistados únicamente por el “Cantinero” Segovia y los meseros quienes disputaban la mesa por la propina que dejaba el hombre del bigote con lunar. Generalmente “Hisopo” Pereira ganaba el duelo gracias a unos codazos que noqueaban a su contrincante de turno. (Su alias se debía al volumen de su cráneo y al exceso de perfume que  se aplicaba y exhalaba por todo el recinto).
Una noche el Mesón se encontraba abarrotado de noctámbulos. Eran como las diez y media de la noche. El invierno silenciaba las calles y llenaba la posada de estudiantes. El celaje tabaquero reducía la visibilidad a pocos metros. Era viernes y Liz Marlotte leía en voz alta un párrafo de los siete locos de Roberto Arlt rodeada por la “Rubia” y dos compañeros. Un fárrago festivo se apoderaba del sitio. De pronto, el hombre del bigote apareció, más tarde que lo acostumbrado, y se dirigió a la mesa de siempre. Estaba solo.
-                     ¿Le traigo cerveza señor? Preguntó Hisopo.
-                     No. Tráigame un café. Ordenó el sujeto.
Hisopo se dirigió a la barra y con un dejo de perplejidad dijo:
-                     Quiere café.
Todo el Mesón, que había suspendido su batahola para fijarse en la entrada abrupta del retraído personaje, volvió a su caótica normalidad. Diez minutos después el individuo abandonó la mesa, caminó hasta la barra casi a puntillas, pidió el teléfono, habló con volumen imperceptible, pagó la cuenta exacta en la caja, y se retiró. Su desaparición, evidenciada solamente por Segovia y los meseros decepcionados por la omisión de la propina, pasó desapercibida para los demás.
Un rato después, el “Gordo” París subido a una silla anunció como chanza burlesca su “próximo casamiento con la Rubia Jazmín”: La Rubia se puso de pie y replicó:
-                     Antes adelgaza media tonelada, gordo glotón. O mejor, búscate una ballena que te soporte.
Todos los presentes reían a carcajadas, incluso las parejas abandonaban sus gatuperios para desternillarse ante los alaridos del “Gordo”.
Un frenesí típico de fin de semana, casi más alborotado de lo usual, inundaba el Mesón cuando una voz amplificada con megáfono desde afuera se confundió con el barullo interno. El “Cantinero” Segovia frunció el seño y pidió silencio. Gradualmente, el mutismo ganó el lugar hasta que la voz se hizo inconfundible:
-                     Damas y caballeros: El comandante del ejército ha decretado el estado de sitio hace tres horas. Se les solicita salir en fila de uno a la acera.
Quienes pudieron se asomaron a las ventanas. Tres camiones militares, dos oficiales y una veintena de soldados con uniformes de campaña se encontraban apostados con sus fusiles semiautomáticos apuntando hacia el Mesón. Algunos percibieron también el rostro del Comisario “Búho” Recalde, sonriendo con sorna junto al pelotón.
Como si procediera de una grabación, la voz repitió.
-                     Damas y caballeros: El comandante del ejército ha decretado el estado de sitio hace tres horas. Se les solicita salir en fila de uno a la acera.
La algarabía chistosa del Mesón se volvió un estruendo de clamores que suplicaban paso. Todos buscaban salidas alternativas. Al no encontrarlas, las perforaban. Los más fuertes derribaban los balancines en las ventanas de los baños. Los más ágiles subían un muro que daba a un terreno baldío contiguo donde se encontraban con otro pelotón. Ráfagas de ametralladoras comenzaban a oírse en derredor.
Algunos resignados obedecían las órdenes “megafónicas” y salían enfilados. Inmediatamente eran acostados en la acera con las piernas y los brazos separados.
En el interior seguían las corridas y los intentos de fuga. Muchos lograban trepar hasta los extractores de aire de la cocina por cuyas aberturas salían despedidos por la multitud que empujaba de atrás. En media hora el Mesón se volvió un cementerio de muebles destartalados, alfombrado con partículas de vidrio y motas de sangre.
La mayor parte de la clientela fue trasladada en los camiones al estadio municipal convertido en campo de concentración.
Algunos recuperaron su libertad días después, otros esperaron semanas. Muchos nunca volvieron. Todos fueron sometidos a tortuosos interrogatorios sobre el paradero de los prófugos. Los nombres, hábitos y apodos de los fugitivos eran cabalmente conocidos por los “investigadores”. Entre centenares de buscados se mencionaban los nombres Carmen Elizabeth Marlotte (Alias: “Liz” y “Flamenca”) y María Luisa Riveros (Alias: “La Rubia Jazmín”).
Seis meses después, un grupo de asilados en el Brasil inauguraría el “Comité del Mesón”. Aníbal Ramón París (“El Gordo”) presidía la organización y comentaban que una fundación de ayuda a refugiados incentivaba su gestión con un generoso subsidio mensual.
Pasaron años para que el estado de sitio fuera anulado y la transición reiniciada. Algunos exiliados volvieron. Los prófugos reaparecieron. De otros nunca se supo. Después de ser utilizado como depósito de un supermercado, el Mesón fue reinaugurado. Asistieron muchos de sus leales, entre ellos la Rubia Jazmín y el mesero Hisopo. El “Cantinero” Segovia, retornado de su exilio en México, permitió que la nómina de los desaparecidos que lo frecuentaban sea exhibida en un muro de mármol que fue descubierto al cumplirse cinco años de la tragedia. La lista está precedida por una inscripción que dice: “Para que nunca olvidemos, para que nunca repitamos”. En el lugar número 13 de la lista figura Liz Marlotte.
La vista del Mesón sigue mostrando el lustre de madera antigua. Sus faroles siempre rozan las sienes de sus comensales y bebedores. Una nueva generación de ajedrecistas se desvela en sus tableros y nuevas parejas se estremecen en sus rincones. Sin embargo, las proclamas revolucionarias ya no se pronuncian en las mesas. Algunos de los viejos clientes se hicieron profesores de la Universidad. Otros reaparecen esporádicamente con sus familias. Pero algo extraño relatan todos ellos: Cada noche suena el teléfono en la casa de alguno de los viejos parroquianos del Mesón. Nadie habla del otro lado, dicen. Sólo oyen sollozos de mujer y, como fondo, el canto llano de centenares de flamencos.

Fecha de creación : 05/23/2008 @ 06:09

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